miércoles, 20 de abril de 2011

La Danza de la Luna


Por Josep Riera

El ballador ibicenco, con sus grandes saltos, está interpretando, seguramente sin saberlo, un ritual idéntico al practicado por numerosos pueblos de la antigüedad: una danza guerrera. La mujer, a su vez, deslizándose suavemente como si patinara y con sus manos en postura oferente, se identifica con una diosa antigua o con la misma luna. El ball pagès es, pues, mucho más que una hermosa manifestación de nuestra cultura y de nuestro folclore popular: es una reliquia viva de remotas danzas rituales. Esas arcaicas danzas rituales se realizaban en honor de un dios o de una diosa, buscando la protección de los poderes y fuerzas de la naturaleza.

La antigua diosa de Eivissa y de Cartago era Tanit, que personificaba la luna. En advocaciones más antiguas era la Astarté de los fenicios, la Ishtar cananea, la Isis egipcia, la Artemisa griega o la Diana romana. Para todos los pueblos antiguos, la luna tuvo categoría sagrada. Ni siquiera el cristianismo escapó de esa poderosa influencia: la misma Virgen María, en su advocación de Inmaculada, posee entre sus atributos una luna en fase creciente.

LAS FASES DE LA LUNA

Que las antiguas danzas ibicencas son de origen lunar lo indican claramente los movimientos de la mujer en bailes como sa llarga o sa curta. Entre los grandes saltos del danzante varón, la mujer se muestra de frente (luna llena). De improviso, gira noventa grados, enseñando sólo la mitad de su figura (cuarto menguante). Al igual que la luna en el cielo, la mujer va describiendo una curva. Al final de la misma, gira 180 grados y muestra su otra mitad (cuarto creciente). Y así una y otra vez, hasta el final del baile. Con el peculiar detalle añadido que nunca vuelve la espalda al hombre que baila ante ella. Otra danza típica de nuestro folclore, ses dotze rodades, representa esas mismas doce vueltas que la luna da alrededor de la tierra en el transcurso del año. Esta danza, tradicional en bodas o compromisos nupciales, a veces se baila con solamente nueve rodades, otra alusión a la luna y a la fertilidad femenina: son nueve los ciclos, los meses lunares necesarios para la gestación de un ser humano.

DANZA GUERRERA

Algunos investigadores defienden, asimismo, que nuestro ball pagès es, además de un arcaico ritual en honor de la diosa de la noche, una danza guerrera. Estudiosos como el malogrado Daniel Escandell (que falleció en 1997, sin que sus valiosos trabajos e investigaciones hayan tenido hasta ahora el reconocimiento y atención oficial que sin duda merecen), afirman que el origen de estas danzas guerreras puede situarse en Armenia o en el Cáucaso, basándose en el carácter oriental de parte de la cultura pitiusa. En Rusia, por ejemplo, se conoce el "baile del tamboril", el más antiguo del que se tiene noticia, con más de tres mil años de existencia probada. Este baile, original del Kurdistán y danza guerrera del belicoso pueblo kurdo, es prácticamente idéntico al ibicenco: los cosacos bailan a grandes saltos, adornados con espadas y dagas en pecho y cintura, mientras que las mujeres se deslizan suavemente. La única diferencia notable es la vestimenta. La cadencia de ese baile es parecida a la de la llarga ibicenca y el tambor que utilizan para los redobles es idéntico al nuestro.

Si antiguo y enigmático es el ball pagès, no lo son menos los instrumentos musicales, las canciones y el redoble. Podríamos extendernos largamente en torno a dichos instrumentos, pero vamos a comentar solamente uno: la xeremia. Es un curioso doble clarinete de caña, llamado también reclam de xeremies o xeremia doble. En ningún pueblo de Europa aparece este instrumento. En cambio, era conocido perfectamente por los antiguos egipcios, que lo denominaban mait. No sólo su forma, sino que también su decoración, sus grabados o brodats, son idénticos. No hay que olvidar que Bes, el genio-dios egipcio que dio nombre a Eivissa, es originario asimismo de Egipto, donde se le rendía culto doméstico como protector de la infancia y de la fertilidad y como dios de la música y de la danza. Posteriormente, los griegos lo asemejarían a su semi-dios Pan.

Queda, como decimos, mucho por analizar en torno al riquísimo folclore ibicenco: las cansons, las gloses, el enigmático "yeu, yeu...", las caramelles... el milenario aislamiento de Eivissa ha hecho que la isla sea lo más parecido a un museo viviente de estas manifestaciones del arte y del sentir popular. No pocos musicólogos, al oír las canciones ibicencas, han afirmado encontrarse ante un fósil viviente.

En este pequeño comentario no podemos olvidarnos tampoco de la tradición de los bailes en las explanadas junto a pozos y fuentes, afortunadamente recuperada en los últimos años. Cada pozo tiene un día señalado, durante el cual se celebra la fiesta. Estos días coinciden en muchos pueblos de la isla y, curiosamente, las ballades tienen siempre lugar en los meses de verano. Son fiestas que proceden también de una tradición muy antigua, con raíces muy anteriores a las catalanas. Una vez más, se trata de ritos relacionados con ceremonias y creencias mágicas (en este caso, la adoración de las fuerzas de la naturaleza y los genios o ninfas de las aguas), tan viejos casi como la humanidad misma.

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